EL ÚLTIMO TREN DE SZILVESZTER MATUSKA

Matuska 01un hombre serio y formal

Szilveszter Matuska era un caballero perfectamente normal. Hubiera podido llegar a ganar un campeonato de caballeros perfectamente normales, si se hubiera convocado uno. Respetable ingeniero y padre de familia, amable inquilino de una hermosa casa de tres alturas rodeada por una pieza de terreno acomodada como jardín, Matuska era un hombre bajito y fornido, de frente amplia, ojos pequeños y labios ligeramente combados en una sonrisa.

Szilveszter Matuska vivía en Csantavér (ahora Čantavir, Serbia), una bonita ciudad entonces húngara de poco más de 10.000 habitantes. Iba caminando a su trabajo, regresaba con flores para su mujer, cenaba en familia y acompañaba a su hija a la cama. Le hacía rezar sus oraciones, le daba un beso de buenas noches y pellizcaba con dulzura la mejilla de su esposa antes de ponerse el sombrero de nuevo y salir a dar un paseo.

Pero ya sabéis dónde estáis, y también sabéis que no emplearíamos nuestro tiempo en ilustrar la vida de un buen ciudadano. Tal vez os encontréis en ese punto en el que el deseo de conocer qué clase de secreto escondía Szilveszter Matuska bajo su sombrero comienza a picaros. Os comprendemos.

Matuska se iba a los burdeles de Csantavér. Invitaba a las chicas a beber cerveza y se acostaba con todas las que podía, dejaba propinas generosas y regresaba cada semana. Tampoco es para tanto, pensaréis, no es posible que estemos siendo tan insistentes para terminar hablando de un simple putañero húngaro. Os comprendemos también.

La verdad es que en este momento de la historia nuestro amigo aún no había hecho nada más, pero solo tendremos que concederle unos meses. Estamos a punto de entrar en 1931, un año en que la vida de Matuska se iba a complicar un poco. Porque Szilveszter Matuska estaba listo para comenzar su carrera como dinamitero y saboteador de trenes.

Matuska no era un revolucionario. En la Hungría de 1931 había unos cuantos, y la situación política no les era muy favorable; el presidente Esteban Bethlem dimitía al final de una larga década en el poder y el todopoderoso almirante Miklós Horthy, tras un experimento fallido en la persona del conservador Gyula Karóli, encomendaba el gobierno al nacionalista radical Gyula Gömbös. Hungría se aproximaba a Alemania y terminaría aliándose con los nazis en medio de convulsiones sociales y violencia. Pero Matuska era ajeno a estos vaivenes, su amor por provocar explosiones no tenía nada que ver con la política.

Lo que le sucedía a Matuska es que estaba sencillamente loco. Loco por las locomotoras, las vías, los ferrocarriles. Y especialmente loco por hacerlos saltar en pedazos. 

Gracias a su trabajo consiguió acceso a un almacén de explosivos. Compró un par de kilos de dinamita y montó una bomba casera. El 1 de enero de 1931, Szilveszter Matuska cruzó la frontera con Austria para debutar como saboteador de trenes colocando dos cargas preparadas al paso del expreso Viena-París en la localidad de Ansbach. Fue una decepción: las cargas no explotaron y el expreso continuó su viaje con toda normalidad. Matuska regresó a Hungría pero no se desanimó…las autoridades austriacas habían encontrado los explosivos emitiendo inmediatamente una alerta, y eso le hizo sentirse verdaderamente motivado.

Ocho meses después, Matuska sentía llegado el momento. Se desplazó hasta Jüteborg (Alemania) para atacar el expreso Basilea-Berlín, colocó nuevas cargas de dinamita y las hizo detonar al paso del tren. Esta vez las bombas funcionaron, el expreso descarriló y Matuska pudo volver a casa satisfecho. Su alegría sin embargo no era completa, el sabotaje había causado algunos heridos pero ningún muerto. Y lo que Matuska de verdad deseaba era provocar una catástrofe.

Matuska 03el cha-ca-chá del tren

Solo tuvo que esperar un mes más. Matuska se decidió por la caza mayor y dinamitó las vías que debía recorrer el Orient Express en su trayecto desde Estambul a París. Ni siquiera tuvo que viajar mucho esta vez, el lugar escogido fue el viaducto de Biatorbagy, a pocos kilómetros de Budapest. Matuska logró todo cuanto se proponía: el Orient Express descarriló, la locomotora arrastró a nueve vagones en caída libre por un desfiladero de treinta metros, el accidente fue un desastre y 22 personas murieron en medio del fuego y los hierros retorcidos. También hubo más de un centenar de heridos.

Para el gobierno húngaro, el sabotaje de Biatorbagy se convirtió en un grave problema político. La mayoría del pasaje del Orient Express estaba compuesto por ciudadanos extranjeros, hombres de negocios, gente rica y con influencias incómodas. Esa es también la razón por la que toda la prensa europea se hizo eco de la catástrofe, enviando corresponsales a Hungría para tratar de desentrañar las causas del ataque. Entre esos reporteros estaba Hans Habe, plumilla del diario austriaco Wiener Zeitung que llegó a Biatorbagy al día siguiente, cuando los restos del tren aún humeaban.

Habe comenzó a preguntar a policías y camilleros, tomando notas de cuanto veía. Y en ese momento fue abordado por un hombrecillo pequeño y robusto, afable y charlatán que se presentó como superviviente del desastre y se ofreció para contarle todo lo que quisiera saber. Era Szilveszter Matuska. Habe logró una crónica formidable con todo tipo de detalles, la envió a su redacción y la vio publicada al día siguiente. El artículo era impactante, ningún otro periódico disponía de tanta información sobre el descarrilamiento. Habe propuso a Matuska acompañarlo a Viena para escribir una segunda parte de su crónica, y Matuska aceptó encantado.

Una vez en Viena, Habe alojó a Matuska en un hotel y lo citó horas más tarde en un café para continuar entrevistándolo pero, cuando llegó, lo encontró en medio de un corro de gente que escuchaba embobada su historia. Matuska estaba en su salsa, era el protagonista y hablaba sin parar. Describía el horror del suceso, los vagones precipitándose al vacío, la explosión de la locomotora. Su público, boquiabierto, le atendía sin apenas respirar. A Habe se le posó una mosca justo detrás de la oreja.

Mientras tanto, en Hungría las cosas se iban volviendo peligrosas. El gobierno culpó del desastre al terrorismo comunista y exhibió una nota supuestamente hallada en el lugar del atentado en la que se leía “¡Hermanos proletarios! Si el Estado capitalista no nos da trabajo, lo buscaremos de cualquier otro modo. Contamos con explosivos y con mucha gasolina”. La nota estaba firmada por “El Traductor” y con ella como pretexto comenzaron a organizarse redadas, interrogatorios de obreros ferroviarios y detenciones indiscriminadas.

Pero Matuska se encontraba a salvo. Seguía en Viena relatando su aventura a quien quisiera escucharle y dándose homenajes a cuenta de la credulidad de su público. La mosca de Habe zumbaba cada vez más, el periodista examinó el testimonio de Matuska una y otra vez hasta que reparó en lo inverosímil de que un pasajero pudiera tener tanta información. Era…como si lo hubiera visto todo desde fuera. Inquieto, puso sus notas a disposición de la policía, que abrió una investigación secreta. Todos los supervivientes austriacos fueron interrogados discretamente en los días siguientes. Ninguno recordaba haber visto a Matuska en el tren. Las autoridades húngaras trasladaron a la policía de Viena el testimonio de un taxista que había recogido a un hombre que coincidía con la descripción de Matuska en un polvorín días antes del descarrilamiento. Eso fue suficiente para arrestarlo.

Los interrogatorios no fueron complicados. Matuska hablaba por los codos y reconoció sin rubor ser el autor del atentado, asumiendo también los otros ataques fallidos en Austria y Alemania. Adornó su confesión con todo tipo de fantasías: aseguró ser oficial del ejército húngaro, luego dijo ser miembro del fascista Partido de la Cruz Flechada. Más tarde proclamó que actuaba por mandato de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, siguiendo un plan divino para castigar a los ateos que viajaban en tren. Las autoridades austriacas lo encerraron en una habitación con varios psiquiatras pero todos concluyeron que Matuska, no estando muy en sus cabales, era desde luego consciente y responsable de sus actos.

El problema era que Austria no podía juzgarlo por el sabotaje del Orient Express, delito cometido fuera de sus fronteras. Y era un problema porque los austriacos, que hubieran estado encantados de meterlo en un furgón y mandarlo a Budapest, se encontraron con que los húngaros no tenían la menor intención de recibirlo. Hungría no quería solicitar la extradición de Matuska porque hacerlo supondría poner en evidencia todo el absurdo montaje del terrorismo comunista y la delirante nota del “Traductor”. Matuska no solamente no era comunista ni pertenecía a ninguna organización subversiva, sino que mostraba inclinaciones filofascistas y apoyaba con entusiasmo al régimen de Horthy.

Matuska 02el Señor me dio dinamita

Los austriacos, resignados, juzgaron a Matuska por su primer ataque, el atentado frustrado de Ansbach. El juicio fue un circo multitudinario en el que Matuska insistió en sus delirios religiosos, solicitó que parte de la recompensa ofrecida por identificar al autor del sabotaje del Orient Express se entregara a su familia e incluso predicó disparatadas teorías sobre la conveniencia de fabricar oro artificial para paliar la inflación mundial. Llamados a declarar, los psiquiatras que lo habían examinado ofrecieron un retrato muy diferente de Matuska: no era un tarado mesiánico sino un psicópata narcisista y sádico que experimentaba una irresistible excitación sexual haciendo explotar trenes, sujeto de una horrible parafilia que llamaron lascivia ferroviaria. Ignoro si Sigmund Freud estaba en la sala, pero debió aplaudir con las orejas esa conclusión. El juez condenó a Matuska a seis años de trabajos forzados.

En 1934, las autoridades húngaras accedieron por fin a procesar a Matuska por el atentado del Orient Express. Matuska fue extraditado y juzgado en Budapest. Esta vez no apeló a mensajes sobrenaturales ni al oro artificial. Asistió cabizbajo al juicio y escuchó petrificado su sentencia: pena de muerte.

Matuska no tenía a los Arcángeles de su lado, pero la suerte sí le asistió. Su condena fue inexplicablemente conmutada por cadena perpetua en abril de 1938. A partir de este momento, el misterio envuelve su vida.

El 1 de septiembre de 1939 el ejército alemán invadió Polonia. Durante los años siguientes, los trenes de toda Europa circularon cargados de soldados, de armas o de prisioneros rumbo a la muerte. Muchos de ellos fueron atacados por los partisanos, algunos ardieron como el Orient Express. Cuando la guerra terminó, el hecho es que Szilveszter Matuska ya no estaba en su celda.

Nadie sabe exactamente qué fue de él. Parece que pudo ser reclutado por el ejército rojo como especialista en explosivos, empleado en la desactivación de las bombas que los nazis dejaron tras de sí en su retirada. Incluso circula una leyenda según la que Matuska fue enviado por los rusos a Corea para ayudar al ejército comunista como experto dinamitero. Esa misma leyenda asegura que fue capturado por soldados estadounidenses a los que, comprobando la sorpresa que les producía haber encontrado a un europeo mezclado con los norcoreanos, se presentó diciendo: “soy Szilveszter Matuska, el descarrilador de trenes de Baitorbagy”.

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El novelista belga Georges Simenon se inspiró en Matuska para una de sus novelas, “El hombre que veía pasar los trenes”, publicada en 1938. Matuska se corresponde con el protagonista de la obra, Kees Popinga, un ciudadano modélico que pierde la razón y emprende una alocada carrera criminal.

En 1983 se estrenó la película húngara “Viadukt”, dirigida por Sándor Simó, en la que el actor canadiense Michael Sarrazin interpretaba a Matuska. La película recrea el atentado contra el Orient Express y la investigación posterior hasta su detención en Viena.

En 1990, el grupo de hardcore Lard (compuesto por Jello Biafra de Dead Kennedys y Al Jourgensen de Ministry) publicó “The Last Temptation of Reid”, disco en el que se incluía la canción “Sylvestre Matuschka”.

El sexólogo norteamericano John Money acuñó en 1984 el término sinforofilia para describir una parafilia en la que la excitación sexual gira alrededor de observar o incluso representar un desastre, tal como un incendio o un accidente de tráfico. La sinforofilia está muy presente en la novela de J.G. Ballard “Crash” (1973), siendo un diagnóstico aplicable a Matuska.

Entre los pasajeros del Orient Express que Matuska atacó en Baitorbagy, se encontraba la artista norteamericana Josephine Baker. Resultó ilesa.

El Diestro

EL CANÍBAL DE BOULOGNE

Issei 01

Issei Sagawa apenas mide metro y medio. Es flaco y huesudo, feo hasta la repugnancia, su mejilla izquierda está condecorada con una verruga. Issei Sagawa nunca ha gustado a las mujeres, se ha sentido constantemente desgraciado por sus rechazos. Sin embargo Issei Sagawa siempre ha soñado con las mujeres, o al menos con una perfecta. Y perfecta, para Issei Sagawa, significa alta, corpulenta y blanca. Porque con una mujer así Issei Sagawa se sentiría el hombre más afortunado de Japón. Tendría mucho sexo. Y comida, comida para días.

Issei Sagawa nació en Kobe el 26 de abril de 1949. Su padre era un industrial que sobrevivió a las purgas desatadas por el ejército norteamericano tras la guerra y acumuló una gran fortuna. Issei era un niño debilucho pero rico. Y listo. Destacaba en el colegio. Tímido y silencioso, pasaba horas en la biblioteca, aprendía inglés y miraba por la ventana a sus compañeros tonteando con las chicas. Las chicas, ese problema para Issei Sagawa.

Ingresó en la Universidad de Wako en Tokyo, comenzó a estudiar literatura inglesa. Y un día en su aula tropezó con una profesora alemana que lo volvió loco. Aunque la verdad es que Issei ya venía algo loco de casa.

Issei Sagawa fue detenido por allanamiento de morada y agresión. La morada era la de la profesora alemana. Y la agresión un intento de homicidio con un paraguas. Issei se coló en el apartamento de su víctima y quedó extasiado al verla semidesnuda en su cama. La fascinación sexual de Issei se conectó en su cerebro con un impulso asesino y de ahí lo del paraguas. Ella despertó, gritó y puso en fuga a Issei.

La poderosa familia Sagawa logró silenciar el asunto. Resolvieron mandar a Issei lejos de Japón. A Europa.

En 1980, Issei Sagawa se matriculó en el Instituto Censier de París, donde continuó sus estudios de literatura. Alquiló un bonito apartamento. Y conoció a Renée Hartevelt, holandesa y alumna de La Sorbona. Issei comenzó a cortejarla. La llevó a exposiciones, lecturas, conciertos de música de cámara. Le escribió cartas de amor que nunca enviaba, le propuso ser su profesora particular de alemán. Y entre tanto fue haciendo otros planes.

Renée tenía 25 años. Era del tipo preferido por Issei: pálida, alta, corpulenta. Era una alumna culta y brillante que hablaba tres idiomas y se especializaba en literatura francesa. Issei admiraba su inteligencia, aunque lo que más le excitaba era su aspecto hermoso y saludable.

El día 11 de junio de 1981 atrajo a Renée a su casa. Le pidió que leyera un poema para él y le confesó su amor. Renée lo rechazó pero Issei interpretó el papel de amante resignado y comprensivo, aceptó elegante entrar en la friendzone de Renée. En realidad, no pensaba pasar allí mucho tiempo. La invitó a sentarse en el suelo para compartir un té al estilo japonés. Y mientras Renée tomaba el primer sorbo, sacó una escopeta de calibre 22 y le disparó en la cabeza.

De pronto, Issei estaba en su casa con una escopeta caliente en la mano y un cadáver a sus pies. Hizo lo que hacen todos los asesinos, que es desembarazarse del cuerpo. Hizo también lo que hacen los menos escrupulosos, que es desmembrarlo. Pero antes hizo algo más.

Porque Issei, queridos lectores, no era un simple asesino. Ni siquiera un simple asesino psicópata, tampoco otro criminal misógino. Issei -seguro que lo habéis adivinado ya- era un caníbal.

Issei Sagawa soñaba con amar a las mujeres que perseguía, occidentales, altas, fuertes. Fantaseaba con la excitación que le producían aquellos cuerpos robustos y sanos frente a su constitución débil y enclenque. Y más que ninguna otra cosa deseaba devorarlas. Tomar su energía, su esplendor, su carne.

Issei desnudó el cuerpo de Renée y lo troceó. Escogió primero las zonas más carnosas, fileteó sus muslos y sus nalgas. Metió el resto en un par de maletas que, como el cuchillo eléctrico que manipulaba, había comprado semanas atrás. Repartió la carne en bolsas hasta llenar su frigorífico. Y se lanzó a masticar a Renée. Al principio la encontró demasiado dura, concluyó que no debía saborearla cruda. Frió cortes finos en una sartén, añadió un poco de mostaza. Y según confesó a la policía días después, experimentó el mayor placer de su vida paladeando una carne de sabor suave y delicioso. La carne humana le recordó al atún. La grasa, en cambio, tenía el color del maíz y le resultó sorprendentemente insípida.

Issei durmió satisfecho y solo al día siguiente comenzó a ocuparse de limpiar aquel desastre sangriento. Envolvió lo que quedaba de Renée en plásticos, fregó el suelo. Y esperó a que anocheciera.

Cuando oscureció, Issei Sagawa llamó a un taxi. Con los restos de Renée metidos en una sola de sus maletas se hizo conducir hasta el Bois de Boulogne, un extenso parque a las afueras de París. En Boulogne hay un lago al que pretendía arrojar la maleta. Sin embargo, Issei fue sorprendido por varias personas camino del lago y, nervioso, se deshizo de ella de forma precipitada. En unas pocas horas, la policía tenía acordonada la zona y había identificado el cadáver.

Issei 02

deshaciendo la maleta

Issei Sagawa fue detenido dos días después. Al entrar en su apartamento, la policía encontró los restos del festín de carne de Renée al que se había estado entregando. No opuso resistencia, fue inmediatamente puesto a disposición judicial. Issei Sagawa no ahorró el menor detalle a los policías que lo interrogaron ni al juez que, tras pedir un examen psiquiátrico, decidió que Sagawa era un tarado peligroso, un caso irrecuperable. Fue recluido en el asilo mental Paul Guiraud de París.

Es posible que, hasta aquí, la historia os haya resultado desagradable. Si es así, permitidme que os recomiende dejar de leer ahora. Porque lo verdaderamente aterrador está por llegar.

Unos pocos meses tras su ingreso en el sanatorio Guiraud, Issei fue conducido urgentemente a la enfermería. El médico que lo examinó diagnosticó encefalitis avanzada, un mal terminal que mataría a Issei en unas pocas semanas. Su millonario padre Akira intervino presionando a la embajada japonesa para que intercediera por su hijo y lo ayudara a elevar ante el gobierno francés una petición para trasladarlo a un hospital psiquiátrico en Japón. Las autoridades francesas accedieron a permitirle morir en su país. Y así fue como Issei Sagawa abandonó Francia sin ser juzgado ni condenado por el asesinato de Renée Hartevelt.

Issei ingresó en el hospital Matsuzawa de Tokyo. No murió en unas semanas. Porque Issei Sagawa no padecía ninguna encefalitis avanzada, sino una simple infección intestinal. La Justicia francesa había archivado toda causa contra él al considerarlo demente y creer que estaba enfermo de muerte. La holandesa carecía de jurisdicción sobre un crimen cometido en suelo francés. La japonesa tampoco tenía nada en su contra. Tres grietas a través de las que Issei Sagawa salió libre e indemne, vistiendo un traje caro y dispuesto a estrenar una vida nueva.

Issei 03

una habitación con vistas

Lo hizo. Tras unos pocos años refugiado en el anonimato, decidió que era hora de disfrutar de su fama. En Japón nadie parecía demasiado enfadado con él. Al contrario, Issei fue contratado como colaborador de programas televisivos. Los tertulianos, esa gente. También trabajó como crítico gastronómico para revistas. Y como escritor publicó varias novelas, guiones para cómics y una autobiografía. Pintó cuadros. Hizo cameos en películas. Aún se deja fotografiar con turistas. Y concede regularmente entrevistas en las que reconoce que las fantasías de canibalismo no lo han abandonado nunca, aunque asegura que no lo volvería a hacer. Ahora -dice- ya no le gustan tanto las occidentales. Prefiere a las mujeres asiáticas y especialmente a sus compatriotas japonesas. Pero no, no va a volver a devorar a nadie. Porque está rehabilitado. Curado.

Los tres psiquiatras que lo evaluaron en Francia tras su detención quedaron horrorizados por el relato del crimen que escucharon de su propia boca, concluyendo que el de Issei Sagawa era un caso límite y sin precedentes de psicopatía. Que era extraordinariamente frío, que carecía completamente de empatía o capacidad para percibir el sufrimiento ajeno, que podía ser extremadamente cruel, violento, sádico. Y paciente.

Lo último que he oído es que pretende casarse.

En su disco “Undercover” (publicado en 1983), los Rolling Stones incluyeron una canción inspirada en el crimen de Issei Sagawa. La canción se titula “Too much Blood”.

En su disco “La Folie” (publicado en 1981), el grupo británico The Stranglers evocaron, en la canción del mismo título, el asesinato de Renée Hartevelt.

Issei Sagawa ha sido reconocido como el inspirador del personaje Hannibal Lecter, creado por Thomas Harris.

Y ahora todos odiáis a Issei.

– eldiestro

¿QUIÉN COLGÓ AL MONO?

Who hung the monkey

¿Qué llevó en 2002 a Stuart Drummond, aspirante a la alcaldía del municipio inglés de Hartlepool, a disfrazarse de mono y prometer plátanos gratis para todos los niños en edad escolar si salía elegido? ¿Qué llevó a los electores a votarle y a reelegirle años después (a pesar de que no fuera capaz de cumplir su promesa)? En fin, es difícil precisarlo. Pero el traje que lució Drummond durante aquella campaña electoral tiene su historia. En realidad no estamos hablando de un mono cualquiera. Se trata de H’Angus, la mascota del Hartlepool United. Que el equipo de fútbol de la ciudad tenga un simio por animador y que responda a un nombre tan característico, es consecuencia de algo que pasó, siempre según la leyenda, hace más de doscientos años. Durante las Guerras Napoleónicas.

Por aquel entonces una embarcación con bandera gala naufragó en la costa de Hartlepool sin que, en principio, quedara nadie vivo. Cuando los pescadores se acercaron hasta los restos del navío encontraron a un mono vestido con la indumentaria de infantería de marina francesa que todavía seguía con vida. La historia cuenta que como aquellos ingleses más bien llanos nunca habían visto a un francés ni mucho menos a un mono y la propaganda británica se había esforzado en retratar al enemigo con una monstruosidad extrema y hasta con garras, los vecinos se hicieron un lío y tomaron al cuadrumano por un espía. Le sometieron a un juicio, pero como el pobre animal no decía nada coherente y de todas formas allí no había nadie que entendiese la lengua de Racine, acordaron que lo mejor era clavar el mástil de un pesquero en la playa y colgarlo allí mismo.

A pesar de se ha intentado justificar el episodio con la teoría de que el pueblo inglés lo único que hizo fue evitar la epidemia que podía haber originado un primate infectado con alguna enfermedad mortal en un período en el que ya se experimentaba con primarias armas bacteriológicas, el incidente del mono de Hartlepool podría esconder una realidad mucho más horrenda. En aquella época había otro tipo de «monos» bastante más comunes en los buques de guerra. Los powder monkeys solían ser muchachos de entre 12 y 14 años que se movían por la cubierta y suministraban a los artilleros la pólvora que cargaban desde la bodega. Los elegían así de jóvenes por su rapidez y su tamaño, condiciones indispensables para la tarea que desempeñaban. Es razonable pensar que en origen el ahorcado pudo ser uno de estos powder boys y que el enredo fuera descafeinándose con el paso del tiempo hasta convertir en víctima a un mico uniformado para entretener a la tripulación. En lo que respecta a los habitantes de Hartlepool, siempre es mejor quedar como un hatajo de patanes que como un montón de infanticidas. El ajusticiamiento del chico tendría unas causas menos ridículas que el del antropoide pero más comprensibles. Las leyes marítimas dictaminaban que si alguien recuperaba los restos de un barco accidentado, tenía derecho a recibir en compensación una cantidad proporcional al valor de lo recuperado. El problema es que para que eso se aplicase, no debía haber supervivientes.

La versión del powder monkey es fenomenal si te van las truculencias, aunque en realidad parece poco probable. Los registros (nada fiables, eso también es cierto, estamos hablando de una leyenda) describen a la embarcación como un chasse-marée, modelo de velero más bien discreto empleado para la pesca. Para la pesca tradicional. Pesca normal. Pesca sin cañones. ¿Podría tratarse de un grumete corriente entonces? Podría, sí. Pero —siento ser aguafiestas— es que ni siquiera la versión del mono tiene visos de ser real.

Powder monkey

La folklorista del Instituto Elphinstone de la Universidad de Aberdeen, Fiona-Jane Brown, ha encontrado referencias del suceso que datan de 1772. Solo que estas evidencias lo sitúan en Boddam, a 310 millas al norte de Hartlepool. Lo mismo se cuenta en otros lugares de Escocia como Greenock y también en el Cornualles inglés. Por algunos de estos puntos anduvo de gira el cómico de Tyneside Edward Corvan a mediados del siglo XIX amenizando al público con sus canciones. Una de ellas, The monkey song, dice esto:
«In former times, mid war an’ strife,
The French invasion threatened life,
An’ all was armed to the knife,
The Fishermen hung the Monkey O!
The Fishermen wi’ courage high,
Seized on the Monkey for a spy,
“Hang him” says yen, says another,”He’ll die!”
They did, and they hung the Monkey O!.
They tortor’d the Monkey till loud he did squeak
Says yen, “That’s French,” says another “it’s Greek”
For the Fishermen had got drunky, O!
“He’s all ower hair!” sum chap did cry,
E’en up te summic cute an’ sly
Wiv a cod’s head then they closed an eye,
Afore they hung the Monkey O!»
Únicamente a partir del paso de Ned Corvan por Hartlepool el mito comenzó a situarse allí y a popularizarse.

Por otra parte, en ese mismo momento se produjo la fundación de West Hartlepool, un cinturón de muelles conectado al resto de la población por una serie de vías férreas. La rivalidad entre los jóvenes estibadores de West Hartlepool y los pescadores tradicionales de otras zonas de Hartlepool no tardó en aparecer. Existen indicios de que los west dockers pudieron servirse de la canción de Corvan, que actuó en el Dock Hotel Music Hall, dentro del pueblo viejo, para reírse de los pescadores, a los que consideraban atrasados y estúpidos.

De cualquiera de las maneras, el incidente disfruta hoy en día de plena vigencia. Cuando el Hartlepool United se enfrenta a sus rivales locales del Darlington, su afición increpa a la del United coreando «who hung the monkey?». A ellos les da exactamente igual. Se hacen llamar monkey hangers, tienen un simio por mascota que fue el primer y único munícipe por antonomasia mientras duró el sistema de alcaldías y de vez en cuando el portero cuelga un mico de peluche de su portería. En contra de lo que pudiera pensarse, la gran mayoría de los vecinos de Hartlepool se sienten enormemente orgullosos de la historia. Puede que fuera un mono. Pero era un mono francés.

Un momento. Tal vez hayamos pasado algo por alto. Tal vez no estemos ante una fábula. Tal vez aquello ocurriera en realidad. En verano de 2005 apareció en la costa hartlepudliana un hueso. Aparentemente no humano. Dentro anticlímax: era de un ciervo de hace 6000 años. El equipo arqueológico que certificó la auténtica naturaleza de la pieza sostiene que el «hallazgo no deja de ser extraordinario». Ya, bueno.

Budoson.

NOSOTROS CERRAMOS EL ÚLTIMO CINE X DE MADRID (y II)

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José cuenta que el cine da dinero, que no es ése el verdadero motivo del cierre como se ha dicho. Viendo el estado general del inmueble y la amenazante mancha de humedad que pende sobre su cabeza me pregunto a dónde irá a parar ese dinero. Porque trasiego de gente desde luego hay. Él lleva sin cobrar desde noviembre. A Rafa, su superior, el pintor tras los legendarios carteles ejecutados a rotulador que anuncian las películas del Paradiso, el hombre que lleva encargándose del negocio desde que aquí se ponían westerns, los propietarios del edificio le adeudan bastante más que media docena de mensualidades. Si José lleva dos años y medio ejerciendo de acomodador, limpiador, taquillero, proyeccionista y cualquier otra cosa que se le ponga por delante y ésa es la recompensa que recibe, qué no le deberán a Rafa. Varios miles de euros. Muchos, a decir verdad. En serio, muchos. Eso para empezar. Y nosotros pensando que la corrupción se escondía en los lavabos masculinos.

José estuvo durante 15 años en una empresa. Cuando apareció la crisis perdió su empleo y así estuvo durante más tiempo del que la mayoría podría soportar sin volarse la cabeza; recaló en el cine por un vecino que trabajaba aquí. “Es fácil. Lo pillas en una semana. Cuando llegué no sabía si tenía que acomodar al público o no, pero enseguida me dijeron que no tenía que hacerlo. Aquí cada uno se busca su rincón.” Naturalmente, le preocupa su futuro, pero no está tan mal como otros compañeros que salieron de su país y no pueden volver a él. Cuando amanezca mañana en España no les quedará gran cosa. El paro y los atrasos que les corresponden. Esto último está por ver. José no va a rendirse hasta cobrar el último céntimo. Su teléfono suena cada poco tiempo al son de una melodía tropical tipo. “Es un cliente”. Llama la atención el trato tan estrecho con ellos. Muchos tienen su número y le envían mensajes diciéndole adiós, dándole las gracias, recordando momentos pasados. Los escasos rezagados que duran aún se marchan con abrazos y los ojos húmedos. Los de José también lo están. “No te digo nada”. No queda nada por decir. Guardo una pastilla de ibuprofeno en el bolsillo. He decidido no tomarla para que el destemple potencie los efectos de la experiencia. Está funcionando.

A estas alturas José conoce tan bien el oficio que es capaz de decirte el número exacto de parroquianos que todavía no han salido con sólo reflexionar durante un par de segundos. Ahora mismo somos R, B, G, B2, yo y llamémosle José también porque muy probablemente comparta nombre con el encargado. Un José con mostacho y pantalones de camuflaje que no para de repetir “con la de cosas que he visto yo aquí.” Por extraño que pueda parecer, todo indica que se refiere a las películas. Lleva viniendo 30 años. Desde que los films todavía no habían alcanzado el tono actual. Antes de atravesar la salida por última vez, el José bigotudo comparte con nosotros el origen etimológico de la palabra ‘Madrid’ y a mí me confía algo sobre una extraña clase de accidente geológico que sólo puede encontrarse en La Cabrera, a pocos kilómetros de nuestra posición, y en Nueva Zelanda. Aún entrará en realidad una vez más para beber agua en el lavabo de caballeros.

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Aprovechando que ya no hay problemas de masificación, R y yo nos introducimos al rato en el sanctasanctórum de la depravación. En parte por curiosidad, en parte por necesidad fisiológica, en parte por hacer tiempo para pedirle un cartel dibujado por Rafa a José mientras él habla por teléfono. Contra todo pronóstico el sitio presenta un aspecto medio decente. He visto baños infinitamente más desastrosos en muchos cines corrientes. Con la salvedad de los numerosos condones usados y los pañuelos de papel que en nuestra memoria permanecerán por siempre ligados al Paradiso.

Las llamadas no paran de sucederse y B, G y B2 llevan un rato esperándonos fuera, así que me acerco a José con intención de despedirme, pero él levanta un dedo para indicarme que aguante un minuto. El propietario le había prometido que se pasaría y les invitaría “a unos vinos”, pero a las horas que son todavía no ha dado señales de vida. Ya no se le espera. De manera que cuelga, y antes de que yo pueda decir nada se dirige a la verja de entrada con intención de ir clausurado el asunto. Al tiempo nos propone una visita guiada por el cine. Casi 75 años de historia. Casi 75 años de historias. No nos lo podemos creer.  Escucho cómo R le dice a B: “hoy es el mejor día de mi vida.” Quiero hacerle tantas preguntas a José que cuando le suelto la primera se me han olvidado dos o tres y han surgido en mi mente otras tantas nuevas. Con la persiana echada volvemos al baño de hombres para que lo vea el resto. La naturalidad que manifiesta José mientras se mueve entre sobrecitos de gomas es alucinante. Cualquier viso de perversión es anulado por alguien que juega con la ventaja de haber sido testigo de las situaciones más delicadas. Reconoce que en alguna ocasión han intentado meterle mano y conseguir su teléfono con fines carnales.

Descendemos a través de unos escalones que corren serio riesgo de derrumbe y vamos a dar al sótano. José se acuerda entonces de Martín, “un conserje que se murió aquí; pero no voy a hablar mucho del tema porque algunos han oído voces y a mí esto me da mucho miedo cuando llego a las seis y cuarto”. El Duque de Alba hasta hoy mismo abría sus puertas a las diez y media de la mañana y para entonces los radiadores debían llevar un rato calientes. Menos el fin de semana. “El fin de semana no se encienden.” La caldera que los alimenta todavía funciona con carbón. Accedemos al amplio corredor abovedado que aloja la habitación del calentador y otras en las que se almacena el combustible, la madera y unas pocas butacas antiguas. De antes de la reforma de mediados de los 80. “Parece el metro, ¿eh?” Un hacha descansa junto a una pila de troncos. “Como a veces no pagan a los de la madera tenemos que ser nosotros los que traigamos palés de la calle y yo me vengo con la radial de casa para cortarlos.” La emoción me obliga a darle las gracias por mostrarnos los entresijos del cine con una efusividad que entorpece el mensaje. “Nada, yo encantado. Mientras no me pille mi jefe…” Nos fijamos en el arco bajo que da acceso a un habitáculo oscuro. “No queráis saber lo que hay ahí. Está debajo de la ventana del baño y suelen tirar papeles y ropa interior.” En ese momento suena un silbido fuerte. “Quedaos aquí.” José apaga las luces y se encarama por las escaleras con una agilidad por la que nadie habría apostado. El portón del pasaje subterráneo se cierra con un estruendo sepulcral detrás de él. B se santigua. Somos cristianos primitivos.

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Oímos una conversación. Por lo que alcanzamos a descifrar, el recién llegado tiene toda la pinta de ser el propietario. El jefe de José. Cuando la puerta del sótano se abre su tono apremiante lo confirma. “Salid. Rápido, sin decir nada.” Seguimos a José trepando por los peldaños de tres en tres y me descubro emitiendo una risita excitada de pura felicidad. A José puede caérsele el pelo, pero yo sólo consigo pensar en las películas ochentenas de aventuras juveniles con las que crecí. Al atravesar el hall coincidimos con tres personas que acaban de entrar. Es evidente que no son asiduos. José nos marca el camino y R, B, G, B2 y yo desembocamos en la galería de entrada adornada con los carteles de Rafa. “Esperad, que os abro la reja”.  Nos preocupa haberle metido en un lío. “No, no creo.” De todas formas nos preocupa. José lamenta no haber podido enseñarnos la cabina. Le damos las gracias por todo otra vez y le deseamos suerte. Él nos la desea a nosotros. Nos llama “majetes”. Desde el otro lado del enrejado se despide con su ya clásico “no os digo nada.” No queda nada por decir.

Esta noche tardaré en dormirme. Mañana no recordaré gran cosa de lo ocurrido tras la salida del Cine Alba. Me costará acordarme de cómo llegué a casa. Una especie de resaca emocional. Por la tarde iré a casa de la amiga de mi madre a llevarle el regalo para su nieto. No es por su Primera Comunión. Acaba de nacer. El regalo es un tenedor y una cuchara, porque los recién nacidos no usan cuchillos. La fiebre me durará hasta el martes.

Budoson.

NOSOTROS CERRAMOS EL ÚLTIMO CINE X DE MADRID (I)

Olor a sexo

Tengo fiebre. No hace falta que me tome la temperatura porque a estas alturas de la vida sé cuándo tengo fiebre. Además de tener fiebre estoy cansado, mareado y mi cabeza no funciona de la misma manera en que lo hace habitualmente. Es domingo. Lo sé porque mi plan para hoy es llevarle a una amiga de mi madre un regalo para su nieto que hace la Primera Comunión o algo así. Y porque de repente el programa cambia y me convierto en el último cliente del último cine X de Madrid y uno de los últimos de España. Queda otro en Valencia. Poco más. Los domingos son raros.

Recibo un mensaje. R dice que el cine Duque de Alba cierra. Cierra hoy. Para siempre. Me sorprende que un antrazo tan emblemático baje la persiana así. Sin hacer ruido. De manera que —la fiebre sigue ahí y no dejará de acompañarme en ningún momento— busco el número de teléfono en Internet y llamo sin saber lo que voy a encontrar al otro lado del hilo. Un tipo muy amable me comunica que efectivamente, el cine cierra hoy. Añade que hay sesión continua hasta las once menos cuarto de la noche. Les pregunto a R y a B, que también parece estar interesada en ir a echar un vistazo, si saben realmente lo que se cuece allí. Que sí. Más tarde, cuando los tres estemos en la primera fila del gallinero rodeados por fulanos que se mueven en la penumbra y frente a una penetración de varios metros por algunos metros más, descubro que R sí sabía lo que había, pero B, más que no saberlo, tenía una idea, digamos, diferente.

Un poco antes de las nueve me encuentro junto a R, B, G y B2, que al final se han apuntado, en la puerta del Paradiso, al lado de la Plaza de Tirso de Molina. Paradiso, Duque de Alba, Cine Alba. En una sala de proyecciones donde la película es lo de menos, el nombre no tiene demasiada importancia. B y B2, al ser mujeres, no pagan. No suelen venir muchas por aquí. El baño que les correspondería, de hecho, no se usa. Antes lo utilizaban los empleados, ahora ni siquiera ellos. El de hombres ya es otra historia. Según nos contará un rato después nuestro guía particular “éste es el baño más concurrido de todo Madrid.” Pero me estoy adelantando. Entramos los cinco. No tenemos ni idea de los códigos y tampoco nos esforzamos en disimular porque, de todas maneras, no podríamos hacerlo. Antes de entrar en la sala decido perimetrar la zona; quiero saber dónde estoy, por dónde puedo moverme, qué lugares me conviene evitar al menos de momento. Doy por sentado que algún otro de los míos vendrá detrás, pero enseguida advierto que me he quedado solo en lo que hace mucho fue un bar. Estoy en el segundo piso y a la derecha hay una puerta que da acceso al anfiteatro. A través de otra que está a la izquierda veo a un puñado de hombres fumando frente a una luz tenue. No sé por qué identifico la estancia con la cabina del proyeccionista. Luego volveremos a esta segunda puerta. Santiago Lorenzo llamaría “asquito” a la capa que recubre la barra, las paredes y el suelo del bar. Es algo así como el kippel de Blade Runner. Convenientemente triturado, reducido a una pasta espesa y transparente y aplicado por todas partes. El ámbar grasiento que se acumulaba sobre el mantel de hule que utilizaba tu abuela. Los gemidos —doblados— que provienen de la puerta de la derecha no pueden contrastar más con el descomunal póster de alguna de las películas de las Las Crónicas de Narnia que cae sobre la barra.

Paradiso

Bajo las escaleras para reunirme con los demás y me cruzo con un sujeto con pinta de profesor de Física. Puede que lo sea. Bajito, con el pelo blanco y gafas. Examina una de las máquinas expendedoras que hay en el descansillo. La de bebidas o la de preservativos, no lo sé. Dentro del cine la oscuridad es, lógicamente, casi total. Por suerte veo que G y B2 están de pie contra la pared del fondo. Me pego a ellos. El profesor de Física aparece y se coloca a mi lado. Como no sé muy bien qué esperar ni me apetece esperar para comprobarlo, les propongo a G y B2 subir al piso de arriba para enseñarles el bar. Allí hacemos algunas fotos hasta que llegan R y B. Accedemos al palco. Ahora viene lo de la penetración, los fulanos que se mueven en la penumbra y el momento en que B se da cuenta definitivamente de dónde estamos. Intentamos establecer el mínimo contacto con los asientos en los que nos sentamos. En 73 años sólo se han remodelado una vez. Eso fue en los 80. De tan gastados, el forro deja ver el relleno por todas partes. Los apoyabrazos son abatibles y unos cuantos están levantados rompiendo las barreras de la privacidad. A pesar de las precauciones descubro un clínex pegado a la suela de mi zapatilla.

Nos adentramos otra vez en el bar y pasamos todos por la puerta de la izquierda. La de los tíos iluminados por la luz tenue. Resulta ser una terraza abierta a la corrala. Saludamos a los dos individuos que se resisten a irse. Somos gente educada. Hay varias mesas de plástico rodeadas por sillas. Sobre las mesas, envases de cerveza vacíos, botellitas minúsculas de whisky y ceniceros llenos hasta los topes de colillas. Los ceniceros están hechos a partir de latas de película de 35 mm. Antes de sentarme ya me estoy arrepintiendo de no llevarme uno a casa. Sigo teniendo fiebre aunque casi no me acuerdo. Nuestros vecinos de mesa están despidiéndose del Paradiso. Se ponen de pie. “Bueno, vamos echar un ojo por última vez a nuestro rinconcito”, dice uno. “Qué a gusto se van a quedar las vecinas sin nosotros”, el otro. Apagan los cigarrillos y se marchan. Quién sabe a dónde. Quién sabe lo que harán a partir de ahora. En el cine los focos se encienden y empieza el descanso entre Damas caseras echan una cana al aire y la siguiente. Siete minutos mientras da comienzo la última proyección de la última sala X de Madrid. Tiene el honor de cerrar Espero que no sea tu hija 4. El fotograma inicial permanece congelado en la pantalla esperando el arranque. En él, una mujer mira al espectador sosteniendo con ambas manos el pene de un negro. Suena  —esto lo averiguaremos después— Contigo aprendí de Mari Trini a todo volumen. Juro que es cierto.

I hope that's not your daughter 4

Los siete minutos dan para bastante. Deambulamos por el patio de butacas bajo la luz roja. El interior del edificio es hermosísimo, ya no existe ninguna duda. A pesar de los sillones desvencijados hasta extremos difíciles de reproducir. A pesar de la ausencia directamente de alguno de ellos. A pesar de los pañuelos de papel diseminados aquí y allá por todas partes. Diseminar es una palabra cuyas vinculaciones fonéticas cobran en este caso un sentido especial. Pilastras moderadamente fálicas adosadas a las paredes. Más tarde nos enteraremos de que una vez encontraron en uno de esos sillones el cuerpo sin vida de un tipo cuando terminó la sesión. Tenía los pantalones bajados. “Le daría un infarto o algo. Se moriría de placer.” Esto lo dice el guía al que me refería más arriba. Creo que ha llegado el momento de hablar de él.

Se llama José. Por ejemplo. En realidad es muy probable que se llame así. Aunque podría llamarse Virgilio perfectamente. Porque es nuestro cicerone aquí dentro. En estos momentos G y B2 tienen una conversación con él. Los veo en el vestíbulo desde la primera fila de la platea al girarme. Me ha parecido escuchar a alguien aproximándose. Espero que no sea tu hija 4 ya ha empezado y R, B y yo repetimos la escena de hace un rato. Un piso más abajo y con la pantalla mucho más cerca. Sin tíos alrededor, eso sí. Poco a poco nos estamos quedando solos. El diálogo que mantienen con el encargado G y B2 tiene pinta desde donde me encuentro de ser mucho más interesante que el que mantiene la hija de alguien con la banana del moreno. Hay un momento para cada cosa. Voy hasta donde están y R y B vienen conmigo.

Budoson.

KRAMPUS TE MANDA SALUDOS

Krampus

Entre la correspondencia habitual por estas fechas, entre toda esa propaganda de cerrajeros, inmobiliarias y restaurantes de comida rápida hay un sobre con tu dirección manuscrita. Al abrirlo, la imagen de una escalofriante criatura diabólica torturando con sadismo a un grupo de niños aterrorizados se recorta sobre un fondo rojo. Rojo como el fuego y rojo como la sangre. Gruss vom Krampus, dice la tarjeta en caracteres góticos. Saludos de Krampus. Si no estás familiarizado con el folklore alpino probablemente no le encuentres ningún sentido. Quizá hasta te parezca de mal gusto. Pero el remitente lo único que pretende es felicitarte las fiestas con tan curiosa estampa. Tienes entre tus manos una Krampuskarten, muy populares entre la población del centro de Europa desde principios del siglo XIX.

Por estos andurriales se estila más la visita anual del anciano benefactor en packs de tres o por libre, dispuesto a pasar toda una jornada de invierno en horario nocturno repartiendo regalos entre los más pequeños por pura filantropía. Si alguno de estos muchachos no se ha portado del todo bien, lo peor que puede pasarle es que reciba un saco de carbón en lugar de algo mejor. Eso es ahora. En tiempos de Krampus, él era el que hacía el trabajo sucio. Sólo que en vez de entregar carbón, se llevaba a los niños para servir de combustible a las llamas del Infierno.

Hay quien sitúa el origen de Krampus hace diez mil años. Mucho antes del nacimiento de Cristo. Su nombre proviene de krampen, que podría traducirse del alemán como garras. En holandés significa convulsiones. Es fácil rastrear su evolución hasta el término cramp, que en inglés viene a ser lo mismo. Calambres, más bien. Del Krampus a los Cramps no hay demasiado, claro. Su apariencia recoge lo más vistoso de las antiguas tradiciones occidentales. Cuernos, rostro histriónico del que cuelga una larga lengua (posible antecedente de la clásica perilla mefistofélica) y patas de cabra terminadas en pezuña una y pie la otra dada su doble naturaleza animal y humana. En la época previa al Cristianismo era frecuente que la gente se disfrazara tomando como referencia elementos de deidades paganas y deambulase por las calles pidiendo tributos en forma de comida o cualquier otra cosa para asegurar el buen resultado de la cosecha. Con el paso del tiempo, la Iglesia trató de erradicar estas manifestaciones, asimilándolas en algunos casos. De esta manera Krampus, una de esas deidades, se convirtió en el inseparable compañero de San Nicolás, patrón de los niños. Una primera versión del poli bueno y el poli malo.

Gruss vom Krampus

En origen, San Nicolás (luego convertido en Santa Claus a partir de la germanización San Nikolaus) se adelantaba en más de dos semanas al 24 de diciembre. El reparto de regalos se producía el día 6, que es cuando se conmemora su muerte. El día anterior tenía lugar la Krampusnacht. Krampus entraba en la ciudad arrastrando cadenas y blandiendo un manojo de ramas de abedul —un tridente en ocasiones—, instrumento utilizado para azotar a todo el que no hubiese sido bueno durante el año anterior. Más amenazante todavía resultaba la canasta que llevaba a la espalda, que servía para transportar a los chavales problemáticos hasta el inframundo. Allí se les dispensaban los castigos oportunos, a cada cual peor. Si la visita de San Nicolás se limitaba a una única noche, la de Krampus era bastante más prolongada. Durante dos semanas merodeaba por los caminos asegurándose de cumplir con su cometido. Un tipo cuidadoso Krampus.

El Catolicismo no ha sido su único enemigo. Ya en el siglo XX, los nazis lo condenaron argumentado que era un invento de los socialdemócratas y el gobierno austriaco prohibió toda celebración relacionada con él. Nada de eso ha impedido que el mito vuelva a resurgir con fuerza estas últimas décadas. En Estados Unidos se ha convertido en el emblema de la creciente comunidad antinavideña. En Hungría, Alemania, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, algunas partes del norte de Italia y sobre todo en Austria, los jóvenes se emborrachan con licor de frutas y se visten con pieles, máscaras y cornamentas en las Krampuslauf, cabalgatas demenciales que a veces terminan de mala manera con disturbios y espectadores heridos.

La próxima vez que los Reyes Magos no te traigan lo que has pedido da gracias a Hela por haber nacido aquí y ahora. Y llama más a menudo a tu madre, haz el favor. Por si acaso.

Budoson.

ENTREVISTA A CICLOS ITURGAIZ

FIN DE CICLOS

Ciclos Iturgaiz se han separado. En su primera entrevista póstuma hablamos con ellos de los grupos que vuelven por la pasta, de Eurovegas y de inducir a la juventud a cometer crímenes en masa. Todo muy Ciclos Iturgaiz.

Nos hubiera encantado haceros esta entrevista por Messenger, pero claro, ya nada. ¿A qué os vais a dedicar ahora que Ciclos Iturgaiz son historia?

Con el Messenger y la webcam puesta, eh.

Pues no sabemos a qué nos vamos a dedicar en lo musical, habrá que reposar un poco todo. Durante el tiempo que ha durado el proyecto no hemos sido de tocar mucho para que el juguete fuera más chulo. Ideas y cosas siempre hay, pero habrá que dejar pasar el tiempo para ver qué surge o qué se nos ocurre, quizás surja algo musical o quién sabe, otro tipo de cosas. Y lo importante es que sea de forma espontánea e inesperada, como todo lo que hemos hecho hasta ahora.

Pero volveréis, ¿no? De vez en cuando al menos. Han vuelto Pink Floyd no vais a volver vosotros.

Jajajaja. Eso de los revival es muy chungo. Respecto a nosotros, no vamos a decir que no, puede que a lo mejor en un par de años pase algo, etc… y nos dé por hacer una mini gira. Tendría que ser algo muy motivante desde luego.

Sobre los grupos que vuelven, es lo peor que se le puede hacer a un fan. Los que vuelven es por las pelas. Vuelven más gordos y decrépitos, tocando mejor y sin sentir esas canciones que hace más de 20 años que no las tocan. Es algo muy lamentable. Recordamos hace unos años, antes de la moda del “volver”, que los Sex Pistols lo intentaron con una gira llamada “Gira Indecente”, con proclamas como “queremos tu dinero”. Fue un escándalo, a la gente le parecía mal y la tuvieron que suspender. Y pasado el tiempo nos parece que fue lo puto mejor, se adelantaron unos años a todo, y lo parodiaron. Ahora todos vuelven pero sin llamarlo “gira indecente”. Quien vuelve para hacer lo mismo es por el puto dinero.  Por cierto, un ejemplo cercano, vuelven Decibelios, que éramos fans, pero vuelven en plan gordos y con pinta de seguratas de puticlub. Muy motivante ir a verles…

Si como proponéis en El tecno de la cárcel (Judas version) Arnaldo Otegi fuera la reproducción vasca de Gadafi, ¿quién sería Pablo Iglesias?

Mmmm… Alguien más políticamente correcto, pero de todas formas ambos nos parecen bastante socialdemócratas.

Pena lo de Eurovegas. Que no saliera al final.

Sí, hubiese sido brutal, pero, ¿qué más da? No hubiese pasado nada, se hubiese entendido por una mayoría como una inversión y un negocio que trae puestos de trabajo. Lo bueno hubiese sido que con semejante oda a la bizarrería… nos habríamos acercado para tocar algún concierto.

¿Qué opinión creéis que se tiene de vosotros en Madrid y cuál tenéis vosotros de la capital? ¿Hay tantas putas y cocheros como dicen Ornamento y Delito?

En Madrid tenemos muchos fans. Buah, se ríen mucho, al final da igual Madrid o Bilbao si tenemos un nexo musical, generacional e ideológico. Tocar en Madrid en un local pequeño y acompañado de fans y amigos es muy emocionante.

La letra de Ornamento y Delito se ajusta perfectamente a Madrid, salas de juego por todas partes, putas y cocheros, coches y puteros. Nosotros disfrutamos mucho yendo a Madrid unos días, casi como parque temático, rebozándonos por los lugares más bizarros. A Madrid lo definía muy bien Pío Baroja. Han pasado 100 años y es igual.

Es cierto que no podríamos vivir en Madrid, pero tampoco en Barcelona, o en Valencia. Nosotros somos muy del Goierri. Necesitamos el punto de la tranquilidad. Otra cosa es la gente de Madrid que es afín a nosotros, joder, esa gente sí. ¡Parecemos de Podemos, eh! Jajajaja.

Siempre se habla de vuestras letras pero de la parte instrumental nadie dice nada. ¿De dónde salen las melodías?

Pues inspiradas en las letras, al final somos un grupo pop, que le damos el toque tecno-punk. El otro día, en el viaje de vuelta de la “gira” nos decíamos: ¿cómo habrían quedado nuestras composiciones en plan la Yellow Magic Orchestra? Es una cosa que nos llama mucho la atención. Cuánto nos gustaría comprobarlo…

¿Cómo demonios se pasa de algo como Elurretan a algo como Ciclos Iturgaiz?

Os parecerá algo que no tiene que ver, pero lo consideramos la otra cara de la misma moneda. En Elurretan el peso lo llevaba uno, y en Ciclos otro. Al final no deja de ser pop, cambian las letras, se arreglan las canciones de diferente manera, pero hay un hilo común. Y la “prueba del 9” es la siguiente: cuando nadie sabía quién estaba detrás de Ciclos Iturgaiz, resulta que se nos hicieron fans gente que ya lo era de Elurretan. Sin decirles absolutamente nada.

Además, con Elurretan tuvimos una actitud muy independiente. Autoproducirnos, descargas gratuitas, pocos conciertos… Elurretan era la parte más íntima de nuestros sentimientos, y Ciclos Iturgaiz el lado de la mala hostia con risas.

Un adolescente se encarama al campanario de la iglesia de Nuestra Señora del Socorro en Ferrol y se lía a tiros. En su móvil encuentran el mp3 de Moda juvenil y la opinión pública os culpa de todo. ¿Qué hacéis?

Qué más quiere un ciego sino ver… Ojalá que nos culparan, ¿sabéis qué subidón? Entonces sí que “volvemos”. Creemos que eso sería algo gigantesco. Nos cogeríamos una excedencia laboral y de plató en plató de TV. Y el juicio sería lo mejor, como el que tuvieron los Judas Priest por un suicidio de unos chavales, y acusaban a la banda de las letras y tal, y Rob Halford en el juicio en traje con corbata cantando a pelo las letras. Brutal (está en YouTube). Y no es un fake. Nosotros igual, jajajaja.

El ciclositurgaizismo se nos antoja como un movimiento de vanguardia perfectamente razonable. Necesario incluso.

¡Sería la leche, eh! Lo que es curioso es que podemos conectar con gente de 40 años, de nuestra onda, de pasado indie, y con chavalería joven punk. Siempre nos ha llamado mucho la atención, y es guay encontrarte en un concierto a esa chavalería dándolo todo. Joder, es que nunca hemos tenido fans, para nosotros es muy grande. Además con el Twitter hemos conocido un montón de gente súper maja e interesante a cuenta de Ciclos Iturgaiz.

¿De qué van las canciones que estabais preparando y que por el momento nos quedamos sin escuchar?

Pues había varias, una era sobre los cantautores, otra nos la recomendó el mejor twitero, @aranagoiri, y trataba sobre ir a abortar a Gibraltar. Había más, veremos qué hacemos, igual se las regalamos a alguien que quiera hacer algo con ellas. Se nos ocurrían los Lendakaris, pero ellos son muy ingeniosos y no les haría falta nada nuestro.

 ciclositurgaiz.bandcamp.com

@ciclositurgaiz

Budoson.